Cuando era niña, me gustaba pensar que las estrellas esperaban pacientemente a que nos durmiéramos, para descolgarse del cielo y bajar a descansar sobre la arena de la playa.
Cuando era niña, también recuerdo como disfrutaba dejándome mecer por el sonido del mar, encerrado en aquellas caracolas.

Ahora, cuando ya solo queda un leve instante efímero de la niña que fui, me resisto a dejar de creer que la magia existe, porque sin ella, algunas veces, la evidencia de lo tangible resulta tan tosca, que cuesta asumir que sea cierto.

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